Daniel Córdoba como héroe de Malvinas

Salta, 25 de Mayo de 2020

En este mundo forjado por guerras, donde muchos se esfuerzan por no aceptarlo y olvidando lo necesario que es trabajar día a día por la paz: dos invasiones inglesas a Buenos Aires, acompañadas de la invasión a España por parte del imperio francés de Napoleón Bonaparte, desembocaron, durante el 25 de Mayo de 1810, en la constitución de la Primera Junta de Gobierno como momento cúlmine de la llamada Revolución de Mayo. Nacen así los primeros rudimentos de una identidad nacional Argentina. Llena de contradicciones, es acompañada por una posterior y prematura pérdida de uno de los mejores hombres del momento: Mariano Moreno muere en circunstancias muy dudosas quedando a la deriva su famoso Plan Revolucionario de Operaciones.
Diecinueve años después, el 10 de Junio de 1829, el gobierno argentino crea la Comandancia Política y Militar de las Islas Malvinas. El gobernador Luis Vernet y un puñado de argentinos se instalan en las islas para realizar tareas productivas. Cuando el Reino Unido se entera de la noticia, reflota su interés por el atlántico sur. Dos años después, buscando tener una base estratégica cerca del estrecho de Magallanes (único paso interoceánico entre el Atlántico y el Pacifico) y con la complicidad del gobierno estadounidense, el gobierno inglés ocupa las Islas Malvinas. En 1841 nombra un gobernador y convierte las islas en una colonia Británica.

153 años después de aquel 25 de Mayo Revolucionario, nace un día como hoy, en San Pedro de Jujuy, Daniel Rubén Córdoba. De joven, comenzó a apasionarse por el conocimiento en una biblioteca. En ellas dibujaba experimentos que encontraba en los libros y esperaba con ansias el momento en que sus padres no estuvieran presentes en su casa para poder hacerlos. Recorriendo ingenios azucareros pudo darse cuenta que no era en sí la industria del conocimiento lo que le apasionaba, sino cómo cualquier rama de él podía servir como excusa para comunicarlo. Años más tarde, esta idea se consolidaba convirtiéndolo en un jinete que, cabalgando en el caballo de las pasiones, encontraría en la comunicación del conocimiento su forma de vivir la posguerra.

Antes de convertirse en aquel jinete, siendo apenas un joven y junto a sus amigos del pueblo, las circunstancias lo obligaron a participar en un nuevo conflicto bélico con el Reino Unido: la llamada guerra de las Malvinas o conflicto del Atlántico Sur. Alguien como él, con aquel grado de madurez en la comunicación, prefería dejar de lado gran parte de sus vivencias en aquella guerra para fortalecer el siguiente relato que fui reconstruyendo como piezas de un rompecabezas:

“Del 2 de abril de 1982 tengo recuerdos difusos. El levantarse más temprano de lo habitual en la Base Naval de Puerto Belgrano. Gritos eufóricos de ¡viva la patria, las Malvinas son Argentinas! y nada más. De lo que no puedo olvidarme es del 28 de abril y las caras adolescentes de mis dos amigos y compañeros Fernando Zarzoso y Roberto Sancho que, en Ushuaia, me decían que su buque era “un cajón de muertos”. Fue la última vez que los vi, cuatro días después morían en el ataque al crucero Gral. Belgrano.

“Cuando terminó el conflicto seguí en la base naval de Puerto Belgrano. No había mucho que hacer y me puse a estudiar inglés y a devorarme los libros de la biblioteca de la base. Ahí terminé de enamorarme de la física.”

“Una vez un estudiante me preguntó si había llorado la perdida de mis amigos y le dije que [al principio] no. Durante el conflicto sentía bronca, rabia, pero no había exteriorizado ningún sentimiento como el llanto. Eso fue así hasta que en octubre de ese año me tope en la Biblioteca de Bahía Blanca con el Clarin, que entre sus primeras paginas había publicado un Poema de Borges. Ese día sí lo hice, en la sala de lectura, y no me importo nada, la vergüenza, ni nada.”

Tal poema se denomina Juan Lopez y John Ward y dice así:

Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Para qué contarles cómo fue su regreso, si él mismo dejó registro:

La otra imagen que me resulta imposible olvidar es la cara de sus familiares cuando regresé a mi pueblo. Con una garganta seca relate esa última vez que los ví, el viento que nos pegaba cachetazos en la cubierta del buque, el frío, el chocolate que tomamos esa tarde, las travesuras del secundario y los sueños por cumplir. Sus caras quedaron cristalizadas en rostros adolescentes y nunca me los imaginé como serían ahora. La memoria y la inoperancia del gobierno de facto hicieron que quedaran así, con esa cara de pibitos que no pudieron envejecer. Lo que pasó después, en esa guerra, preferí olvidar.”

Habiendo vivenciado un conflicto bélico que dejó casi tantos suicidios en la posguerra como muertos en combate (en ambos grupos de combatientes), Daniel encontró en la Enseñanza de la Física, plagada de humanismo, humor, epistemología e historia, una forma de sobrevivir y de transmutar lo vivido. Convirtió aquellos sueños truncados por la guerra, en una fuente de sueños y despertar de vocaciones, contribuyendo al crecimiento de cientos de jóvenes.

Semanas antes de su fallecimiento, decidió pasar sus últimos días rodeado de algunos de aquellos jóvenes a los que contagió pasiones. Una vez dijo que le hubiese gustado morir en la guerra junto a sus compañeros. Allí estuvimos nosotros, acompañándolo y reconociéndolo como un compañero más en este mundo forjado por guerras: por supuesto que ahora descansa en paz.